Sus manos blancas rodaban mi piel.
Sus rústicos labios besaban una
boca fiel.
Sus manos acariciaron mi alma como
hace tiempo no lo hacían.
Sus brazos rasgaban mi ropa como
un corazón desesperado buscando olvidar un amor.
Aquellos labios decían tantas cosas,
que parecían desaparecer en el paseo del poeta.
Las nubes revestían una
infidelidad pronunciada por el dolor.
Junto con la culpa que partió la
misma noche que a este corazón lo rompieron.
No sabría decir con exactitud que
fue y como paso.
Simplemente sentí el contacto piel
a piel.
Aquello que a dos leones nos
gusta.
Sus caricias ajenas al momento y
su mente en otro lado, en algún recuerdo vago donde supo amar.
Y yo ahí, tan yo. Haciendo único
un momento pasajero.
Los botones hacían llagas en mi
piel como marcapasos rotos y viejos.
Sus besos infinitos partieron al
medio todo los prejuicios.
Aún sabiendo dentro mío que
aquella noche iba ser la última.
Aun sabiendo que no era por
despecho.
Sabiendo tan solo que iba ser como
las anteriores. Un beso antes del amanecer y un café en las mañanas de los
recuerdos.
Y de nuevo a la rutina de un amor
enfermo.
Al doctor curando un alma dañada.
Siendo tan yo, con alguien que no
es él y tan trasparente como el agua con un demonio frio y negro.
Volviendo a la pésima rutina de
todos los días y las peleas diarias.
No sabré más de ti en un tiempo y
serás un recuerdo lejano de una infidelidad.
Tampoco sabrás de mí y de mis ojos
que por sí solos hablan.
Pero has marcado como una huellita
suave y dulce en donde había algo muerto.
¡Fue un gusto conocerte!
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