El color de la ciudad tiene es tinte de euforia, bocinas y vendedores ambulantes. Dentro de aquellos ruidos, una voz superficial, llena de autenticidad pero pobre de realidad, relataba alguna historia sin sentido antes de subirme al colectivo de la línea 5. Nos sentamos y prosiguió con su relato que poco me importaba, era algo banal, como se espera de una persona de 17 años. En un momento vi una mujer con una clara desnutrición, clavículas pronunciadas y pómulos que exigían comer. Dos niños apagados como el frío invierno de New York. Ojitos saltones, mirada perdida y huesos flacos. Los mire de manera insignificante, como cualquier ciudadano promedio sumido en su caos y en cuentas que pagar. La mujer se sienta con sus niños y el aire se torno a inseguridad. La niña tenía seis y el niño no mucho más de cuatro años. Paga su boleto y era evidente que el de la niña no paga. El chofer, un ser despreciable, de corazón vacio y cerebro llano, la obliga a pagar y en un grito desesperado...
Toda una vida resumida en letras. Sentate, ríete y llora un poco, era niño antes, un joven hoy, quizá un viejo mañana.