El color de la ciudad tiene es
tinte de euforia, bocinas y vendedores ambulantes. Dentro de aquellos ruidos,
una voz superficial, llena de autenticidad pero pobre de realidad, relataba
alguna historia sin sentido antes de subirme al colectivo de la línea 5. Nos sentamos
y prosiguió con su relato que poco me importaba, era algo banal, como se espera
de una persona de 17 años. En un momento
vi una mujer con una clara desnutrición, clavículas pronunciadas y pómulos que exigían
comer. Dos niños apagados como el frío invierno de New York. Ojitos saltones,
mirada perdida y huesos flacos. Los mire de manera insignificante, como
cualquier ciudadano promedio sumido en su caos y en cuentas que pagar. La mujer
se sienta con sus niños y el aire se torno a inseguridad. La niña tenía seis y
el niño no mucho más de cuatro años. Paga su boleto y era evidente que el de la
niña no paga. El chofer, un ser despreciable, de corazón vacio y cerebro llano,
la obliga a pagar y en un grito desesperado dice – ¡Porque ella no paga! Alza la
voz y lo dice tres veces, hasta que el chofer desiste. La voz parlanchina
contando sobre sus reuniones del té que poco me importaban. El chofer amenaza a
la mujer una vez más y la mujer grita –No tengo, no tengo para pagar que queres
que haga. Estaba por levantarme y pagarle el boleto a la niña que miraba
descolocada la situación. Pude meterme en el cuerpo de esa nena y sentí tanta
impotencia de mí alrededor, del mundo,
de la mujer. Desprecio por el mundo. Es como si en otra vida estuve en
la calle, pase carencias aun peores que las de este presente. Sentí odio por el
chofer, por la persona parlanchina y dolor por la madre. Dolor por ser madre y
no poder hacer nada contra todo lo malo que es pertenecer a un sistema, por no
tener las mismas oportunidades que yo, por no tener un trabajo, por tener dos
hijos que quizá repitan la misma historia. Bronca por las estupideces que nos
hacemos problemas, porque no me alcanza para pagar una cuenta. Estas personas
no tienen para comer, sienten su estomago vació como rutina diaria, al llegar a su casa. No es apología a nada,
acá no existen convicciones hacía un
socialismo, mucho menos hacia un capitalismo y teorías sociales. Fue algo mucho
más profundo que eso, fue resignación de ver como se nos está muriendo la poca
solidaridad por el otro. No reaccione en el momento, pero al llegar a mi casa
me quede en silencio pensando nostálgico en esas criaturas en esa madre, que
quizá no coma esta noche, en que muchas veces no agachamos la cabeza a ver que carencias tiene el otro. Se está
yendo todo a la mierda.
Toda una vida resumida en letras. Sentate, ríete y llora un poco, era niño antes, un joven hoy, quizá un viejo mañana.
Comentarios
Publicar un comentario