Sonreí. Una parte de mi nació.
Me tenías en tus manos y simplemente me entregue.
Cómo quién amarra su ancla en un puerto.
Amarre mis piernas cansadas y atrofiadas por la realidad, en tu puerto.
Y tu estabas ahí y una hermosa briza reflejaba tu sonrisa en el destello de los atardeceres.
Las olas golpeaban fuertes. Pero me sostenía en los puertos de sueños rotos. Firme con mis sentimientos.
No lograba explicarme a mi mismo, como de una sequía arrasadora, nace una pequeña flor que llena de color y vida a algo tan insípido como su triste realidad.
Y tu amor fue como muchos puertos recorridos.
Me reservo las mejores sonrisas, junto a tu esencia que tanto me encanta.
No pude resistirme y aunque miedo tenía, me amarre a tus ojos.
Que serán por tiempo indeterminados mis compañeras de insomnios.
Tus matices blancas, junto con tus ojos, había dejado perplejo mis ojos y seguro de si mismo. Pensó.
-¿Seras mi próximo error?
Y con sus delicados besos, callo todas sus dudas.
Sus manos blancas automáticamente me llevaron a algún cálido abrazo de la persona que mas amaba.
Sus labios a una estación preferida del año.
Sus abrazos a la calma después de la guerra.
Su voz, fue como un grito en el cielo, que un poco de cariño a este soldado le faltaba.
...
-Y querida realidad!
Siempre estuve tan dormido, nunca supe enamorarme hasta de un simple gesto o mueca, estaba muerto en vida.
....
Ya me tenía en sus manos.
Y yo en las mías.
¿Pero que importa?
En el amor, no importa. Sí somos autores de nuestras historias y aunque sepamos por dentro muchas cosas.
No evitamos, porque cuando llega, no da previo aviso, solo se instala en nuestro pasillo, para darnos un poco de luz a nuestra soledad.
No se lo puede evitar y aunque muchas veces duela, nos trasporta a recuerdos.
Y al despertar denotan bombas de la monotonía, pero aun así sabemos que en algún lugar, ella muere y nace la alegría.
De eso se trata el amor. De nacer y de morir constantemente.
Me tenías en tus manos y simplemente me entregue.
Cómo quién amarra su ancla en un puerto.
Amarre mis piernas cansadas y atrofiadas por la realidad, en tu puerto.
Y tu estabas ahí y una hermosa briza reflejaba tu sonrisa en el destello de los atardeceres.
Las olas golpeaban fuertes. Pero me sostenía en los puertos de sueños rotos. Firme con mis sentimientos.
No lograba explicarme a mi mismo, como de una sequía arrasadora, nace una pequeña flor que llena de color y vida a algo tan insípido como su triste realidad.
Y tu amor fue como muchos puertos recorridos.
Me reservo las mejores sonrisas, junto a tu esencia que tanto me encanta.
No pude resistirme y aunque miedo tenía, me amarre a tus ojos.
Que serán por tiempo indeterminados mis compañeras de insomnios.
Tus matices blancas, junto con tus ojos, había dejado perplejo mis ojos y seguro de si mismo. Pensó.
-¿Seras mi próximo error?
Y con sus delicados besos, callo todas sus dudas.
Sus manos blancas automáticamente me llevaron a algún cálido abrazo de la persona que mas amaba.
Sus labios a una estación preferida del año.
Sus abrazos a la calma después de la guerra.
Su voz, fue como un grito en el cielo, que un poco de cariño a este soldado le faltaba.
...
-Y querida realidad!
Siempre estuve tan dormido, nunca supe enamorarme hasta de un simple gesto o mueca, estaba muerto en vida.
....
Ya me tenía en sus manos.
Y yo en las mías.
¿Pero que importa?
En el amor, no importa. Sí somos autores de nuestras historias y aunque sepamos por dentro muchas cosas.
No evitamos, porque cuando llega, no da previo aviso, solo se instala en nuestro pasillo, para darnos un poco de luz a nuestra soledad.
No se lo puede evitar y aunque muchas veces duela, nos trasporta a recuerdos.
Y al despertar denotan bombas de la monotonía, pero aun así sabemos que en algún lugar, ella muere y nace la alegría.
De eso se trata el amor. De nacer y de morir constantemente.
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