Hace un poco más de un tiempo has tocado mi puerta.
Convivo contigo hace un par de meses.
A veces suelo pensar que eres una maldita desgracia, traída de lo más profundo del infierno, para sofocarme.
Luego hay días, en donde agradezco que estés aquí, haciéndome compañía.
Has sacado mis mejores lágrimas de dolor.
Despertaste en mí los peores sentimientos que un ser humano puede sentir.
Llore hasta el dolor, sufrí hasta los huesos.
Y pude ver el ártico en mi vida, en pleno verano, o caer las hojas en plena primavera.
Te sentaste a mi lado en cada cigarro que me fume, como en cada botella de ron que dedique.
Estuviste cuando nadie estaba.
Luego de un tiempo, la tormenta se disipo. Las noches largas de sexo sin amor se exterminaron.
Los besos falsos en labios ajenos, se perdieron en las noches estrelladas.
Pude jurar que has hecho de mi vida un infierno, al extremo de regalar mi alma al mejor postor.
Llore en tu nombre, un millón de kilómetros recorridos a lo largo y ancho de mis viajes pasajeros.
Hasta perderme y desear morir, que seguir en el laberinto del olvido.
El sufrimiento, las noches largas de insomnios, habías despertado mi sabiduría.
Tu nombre lo dice. Soledad.
Tu mensaje es fuerte y golpea como cien bombas atómicas mentales.
Pero es conciso y tan resistente como el armazón que creas en cada uno de nosotros.
De una noche melancólica, a mañanas duraderas.
Mañanas en donde despertaba con una paz interior.
En días donde podía sentir hasta el más suave aroma de una flor.
Tardes donde disfrutaba de un libro o de una serie, que antes había pasado por alto.
Las personas pasajeras del comienzo, se habían convertidos en momentos.
Momentos en donde descubría mis errores, donde despertabas mi valor.
Y dilataba mis peores pesadillas, para convertirlas en razones para sobrevivir a las pesadillas del olvido.
Pude verme en las peores situaciones, con personas totalmente desconocidas.
Cómo verme despertar en mi cama y no en otra, que no era la mía.
Las mismas lágrimas, se habían convertido en versos de esperanza.
El alcohol en un buen libro de Cortázar.
Los cigarrillos en caminatas largas por la ciudad.
El amor se había vuelto un sentimiento propio y no compartido.
Es como si de la noche a la mañana había empezado a vivir mi vida.
Había dejado las malas rachas.
Dejando de lado las excusas e para ir en busca de mis sueños, que aunque haya en ellos miles de pasa tiempo me das las razones para luchar.
Habías hecho de una pesadilla, una habitación de mis mejores virtudes.
Del living de mi casa, en una playa caribeña para naufragar mis mejores ideas a la hora de pintar.
De la mesita de noche, una postal de parís para escribir mis mejores versos.
Hiciste en mí, lo que ninguna otra persona es capaz de hacer.
Hiciste encontrarme. Me has hecho fuerte. Me has enseñado.
Y del odio, pase al amor profundo de tu compañía.
Llenándome de mensajes y sabiduría comprendí...
Que estabas enseñándome a vivir.
Y que necesitamos perdernos en los laberintos de la vida, para encontrarmos.
Convivo contigo hace un par de meses.
A veces suelo pensar que eres una maldita desgracia, traída de lo más profundo del infierno, para sofocarme.
Luego hay días, en donde agradezco que estés aquí, haciéndome compañía.
Has sacado mis mejores lágrimas de dolor.
Despertaste en mí los peores sentimientos que un ser humano puede sentir.
Llore hasta el dolor, sufrí hasta los huesos.
Y pude ver el ártico en mi vida, en pleno verano, o caer las hojas en plena primavera.
Te sentaste a mi lado en cada cigarro que me fume, como en cada botella de ron que dedique.
Estuviste cuando nadie estaba.
Luego de un tiempo, la tormenta se disipo. Las noches largas de sexo sin amor se exterminaron.
Los besos falsos en labios ajenos, se perdieron en las noches estrelladas.
Pude jurar que has hecho de mi vida un infierno, al extremo de regalar mi alma al mejor postor.
Llore en tu nombre, un millón de kilómetros recorridos a lo largo y ancho de mis viajes pasajeros.
Hasta perderme y desear morir, que seguir en el laberinto del olvido.
Hasta que un día, descifre. Descifre tu mensaje.
Vos que muchas veces me arrebataste sueños, habías permitido que me
encuentre nuevamente.El sufrimiento, las noches largas de insomnios, habías despertado mi sabiduría.
Tu nombre lo dice. Soledad.
Tu mensaje es fuerte y golpea como cien bombas atómicas mentales.
Pero es conciso y tan resistente como el armazón que creas en cada uno de nosotros.
De una noche melancólica, a mañanas duraderas.
Mañanas en donde despertaba con una paz interior.
En días donde podía sentir hasta el más suave aroma de una flor.
Tardes donde disfrutaba de un libro o de una serie, que antes había pasado por alto.
Las personas pasajeras del comienzo, se habían convertidos en momentos.
Momentos en donde descubría mis errores, donde despertabas mi valor.
Y dilataba mis peores pesadillas, para convertirlas en razones para sobrevivir a las pesadillas del olvido.
Pude verme en las peores situaciones, con personas totalmente desconocidas.
Cómo verme despertar en mi cama y no en otra, que no era la mía.
Las mismas lágrimas, se habían convertido en versos de esperanza.
El alcohol en un buen libro de Cortázar.
Los cigarrillos en caminatas largas por la ciudad.
El amor se había vuelto un sentimiento propio y no compartido.
Es como si de la noche a la mañana había empezado a vivir mi vida.
Había dejado las malas rachas.
Dejando de lado las excusas e para ir en busca de mis sueños, que aunque haya en ellos miles de pasa tiempo me das las razones para luchar.
Habías hecho de una pesadilla, una habitación de mis mejores virtudes.
Del living de mi casa, en una playa caribeña para naufragar mis mejores ideas a la hora de pintar.
De la mesita de noche, una postal de parís para escribir mis mejores versos.
Hiciste en mí, lo que ninguna otra persona es capaz de hacer.
Hiciste encontrarme. Me has hecho fuerte. Me has enseñado.
Y del odio, pase al amor profundo de tu compañía.
Llenándome de mensajes y sabiduría comprendí...
Que estabas enseñándome a vivir.
Y que necesitamos perdernos en los laberintos de la vida, para encontrarmos.
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