Los días corren como una maratón sin fin.
Veo las avenidas de la ciudad, encandilar el fondo del más profundo de mis sentimientos.
Veo ir y venir personas.
Las horas pasan, mientras camino en diferentes rumbos.
Vives en mi recuerdo, no lo niego. Muchas personas ocupan su merecido lugar.
Aunque tú nunca hayas hecho absolutamente nada para merecerlo. Vives.
Vives en mis mañanas peligrosas de llanto.
En mis medio días de cocina.
En mis tardes de otoño.
Vives en mis noches tenues de felicidad y tristeza.
Vives en mis domingos. Los crueles domingos, que quizá a ti también te matan.
Pero amor mío, hoy puedo verte. No estoy ciego, me saque una venda en los ojos.
Aquellas vendas que el amor nos pone, para no afrontar nuestra realidad.
Pude verte en cada uno de mis sueños de estos meses agobiantes.
En mis mañanas. Me angustie, llore. Pude ver la sangre parar en mi corazón.
Vi caminar por los corredores de esta casa. Vi mi vitalidad, mis ganas de
amar, mientras te oía por el teléfono. Oía como vivías tu vida.
Y yo intentaba, pequeño inmaduro, vivirla contigo, sin vivir la mía.
Quebré. Prendía cigarros, tras cigarros, oyéndome, viéndome caminar por toda la casa. Mientras todo eso era un esfuerzo tuyo, para callar mis dudas de tus infidelidades.
Secabas mis lágrimas, en el momento casi toda aquella lagrimas, eran de mi cruda solitaria realidad. Tú ya no pertenecías a ninguna de mis mañanas. Los mensajes bonitos, ya no eran tuyos, y mis pensamientos, eran plenamente míos.
Fue como un golpe triste. Estaba sentado y todo era silencioso. Como el silencio que antecede una tormenta. Pero pequeño, estaba descubriendo, el significado de cada llamada, cada mensaje y cada desconfianza que generabas en mí.
Un peso menos en mis hombros desaparecían, como las gotas de roció, después de salir el sol.
Asomaba mi poca conciencia a mi realidad.
No había proyectos, no había un día en donde no durmiera más que vivir y comer.
Había perdido peso, había perdido el sentido a vivir.
Fue un día en donde, un silencio apretó su gatillo.
Y me tiro al recuerdo más triste que tengo contigo, a pesar de que tengo millones. Puedo jurar que fue el que elegí, para verme.
El día donde usaste mi ingenuidad para acostarte con él, durante mucho tiempo.
No pude evitar romper todo lo que había a mí alrededor.
Hasta cansarme, hasta quedarme sin fuerzas, grite. Grite como si fuese el último día de mi vida, grite como si algo fuera a salir de mi cuerpo. Grite hasta dormirme.
Ya no te odiaba.
Mis tardes de otoño, fueron la anestesia y la desidia de la bipolaridad, de haberte amado al mismo tiempo que te odiaba por ver en el ser que me habías convertido.
Ese ser que por momentos te daba amor, ternura y podía con tan solo una mirada descubrir si algo me ocultabas.
Allí tome tus lágrimas como el recuerdo vil, de quien no podía decir la verdad. Tome el recuerdo en donde peleamos. En el coche, recuerdas? Aquella tarde otoño de Abril habíamos ido a recorrer parte de la ciudad.
Recuerdas la discusión? Como había estallado el volcán y la furia. Estaba arto de que me maltrataras, estaba extenuado de ver como gritabas, como odiabas al mundo y criticabas al resto.
Fue allí, en la punta de la mesa de tu familia, donde decidí dejar que me faltaras el respeto. Era el culpable de haber dejado tanto tiempo que me trataras cómo quisieras, mientras te acostabas con otros, mientras volvía a mi ciudad y luego iba a la tuya. Ingenuo. Abrazarte y besar tus labios que besaban otros. Era injusto, toda la escena y ese capítulo de mi vida, fue injusto. Pero necesario.
Hasta que las tardes de otoños, ya no las usaba para recordarte y echarme la culpa. Servían para ponerme la prenda más bonita de mi armario y salir al mundo, si un nudo en la garganta.
Tenía cosas para hacer. Mi color de piel había mejorado, mi vitalidad había recobrado como por arte magia.
Y ya podía ver lo bonito que salía en una fotografía. En un momento puedo jurar que había perdido la felicidad.
“Noches oscuras”
Insomnios por aquí, lunes de cansancio y viernes de trasnochar.
Estuviste en ellas, desde hace un tiempo. Golpeabas la puerta de mi departamento para adentrarte en mi menté. Me dejabas inerte en la oscuridad de tus recuerdos. Allí tomé las noches antes de dormir, donde nos quedabamos horas hablando. Siempre tenía algo que contarte. Es que era el único momento del día en donde podías escucharme. Era tu menté y la mía, no había distracciones, no había voces ni teléfonos que pudieran opacar el momento.
Aquellas noches pasaban de una felicidad incalculable en tus brazos, a las lágrimas más sinceras que solté al frente de alguien.
Hasta que reconocí, lo bueno. Pude ver que tenías la necesidad de cuidarme, de amarme, aunque tu manera fue las más dañinas que conocí en mi corta vida. Sostuve la mirada al techo de mi habitación recordando cuando mirabas hacía mis ojos y me preguntabas ¿Qué te pasa?.
Pude ver algo bueno en tanta oscuridad. Pude ver una luz, que hiciera que no te odiara tanto, al mismo tiempo que te amara demasiado.
Hasta llegar al fin a mi premisa.
Mis domingos. No niego que suelen ser lo más crueles de la existencia humana.
Son sinónimos de olvido, los domingos.
No niego que hay domingos desde que no estamos juntos que no me hayan dejado tirado en la cama sin ganas de nada.
Y días donde no logro pisar la tristeza y es allí donde me siento fuerte.
Mis domingos pasaron a ser enteramente tuyos un tiempo.
A pasar a ser el día que debo llenar con alguien más. Que vendrá mas adelante quizás. No estoy apresurado a ello aún.
Pero pude sacarme la venda para ver tu valor en mi vida y ponerte en donde mereces.
En cortos lapsos de momentos del día donde te nombro y te recuerdo. Esta vez sin tristeza.
Saque esta venda maldita, para lograr calcular cuánto daño me has hecho.
Y calcular también que no marcaste demasiado en mi libro abierto, que es la vida.
Que simplemente fuiste, lo que tuviste que ser.
Veo las avenidas de la ciudad, encandilar el fondo del más profundo de mis sentimientos.
Veo ir y venir personas.
Las horas pasan, mientras camino en diferentes rumbos.
Vives en mi recuerdo, no lo niego. Muchas personas ocupan su merecido lugar.
Aunque tú nunca hayas hecho absolutamente nada para merecerlo. Vives.
Vives en mis mañanas peligrosas de llanto.
En mis medio días de cocina.
En mis tardes de otoño.
Vives en mis noches tenues de felicidad y tristeza.
Vives en mis domingos. Los crueles domingos, que quizá a ti también te matan.
Pero amor mío, hoy puedo verte. No estoy ciego, me saque una venda en los ojos.
Aquellas vendas que el amor nos pone, para no afrontar nuestra realidad.
Pude verte en cada uno de mis sueños de estos meses agobiantes.
En mis mañanas. Me angustie, llore. Pude ver la sangre parar en mi corazón.
“Silencios de mañanas”
Y yo intentaba, pequeño inmaduro, vivirla contigo, sin vivir la mía.
Quebré. Prendía cigarros, tras cigarros, oyéndome, viéndome caminar por toda la casa. Mientras todo eso era un esfuerzo tuyo, para callar mis dudas de tus infidelidades.
Secabas mis lágrimas, en el momento casi toda aquella lagrimas, eran de mi cruda solitaria realidad. Tú ya no pertenecías a ninguna de mis mañanas. Los mensajes bonitos, ya no eran tuyos, y mis pensamientos, eran plenamente míos.
Fue como un golpe triste. Estaba sentado y todo era silencioso. Como el silencio que antecede una tormenta. Pero pequeño, estaba descubriendo, el significado de cada llamada, cada mensaje y cada desconfianza que generabas en mí.
Un peso menos en mis hombros desaparecían, como las gotas de roció, después de salir el sol.
“Medio días”
Los medio días, eran melodías tristes, que recorrían por mi espalda blanca.Asomaba mi poca conciencia a mi realidad.
No había proyectos, no había un día en donde no durmiera más que vivir y comer.
Había perdido peso, había perdido el sentido a vivir.
Fue un día en donde, un silencio apretó su gatillo.
Y me tiro al recuerdo más triste que tengo contigo, a pesar de que tengo millones. Puedo jurar que fue el que elegí, para verme.
El día donde usaste mi ingenuidad para acostarte con él, durante mucho tiempo.
No pude evitar romper todo lo que había a mí alrededor.
Hasta cansarme, hasta quedarme sin fuerzas, grite. Grite como si fuese el último día de mi vida, grite como si algo fuera a salir de mi cuerpo. Grite hasta dormirme.
Ya no te odiaba.
"tardes de otoño"
Mis tardes de otoño, fueron la anestesia y la desidia de la bipolaridad, de haberte amado al mismo tiempo que te odiaba por ver en el ser que me habías convertido.
Ese ser que por momentos te daba amor, ternura y podía con tan solo una mirada descubrir si algo me ocultabas.
Allí tome tus lágrimas como el recuerdo vil, de quien no podía decir la verdad. Tome el recuerdo en donde peleamos. En el coche, recuerdas? Aquella tarde otoño de Abril habíamos ido a recorrer parte de la ciudad.
Recuerdas la discusión? Como había estallado el volcán y la furia. Estaba arto de que me maltrataras, estaba extenuado de ver como gritabas, como odiabas al mundo y criticabas al resto.
Fue allí, en la punta de la mesa de tu familia, donde decidí dejar que me faltaras el respeto. Era el culpable de haber dejado tanto tiempo que me trataras cómo quisieras, mientras te acostabas con otros, mientras volvía a mi ciudad y luego iba a la tuya. Ingenuo. Abrazarte y besar tus labios que besaban otros. Era injusto, toda la escena y ese capítulo de mi vida, fue injusto. Pero necesario.
Hasta que las tardes de otoños, ya no las usaba para recordarte y echarme la culpa. Servían para ponerme la prenda más bonita de mi armario y salir al mundo, si un nudo en la garganta.
Tenía cosas para hacer. Mi color de piel había mejorado, mi vitalidad había recobrado como por arte magia.
Y ya podía ver lo bonito que salía en una fotografía. En un momento puedo jurar que había perdido la felicidad.
“Noches oscuras”
Insomnios por aquí, lunes de cansancio y viernes de trasnochar.
Estuviste en ellas, desde hace un tiempo. Golpeabas la puerta de mi departamento para adentrarte en mi menté. Me dejabas inerte en la oscuridad de tus recuerdos. Allí tomé las noches antes de dormir, donde nos quedabamos horas hablando. Siempre tenía algo que contarte. Es que era el único momento del día en donde podías escucharme. Era tu menté y la mía, no había distracciones, no había voces ni teléfonos que pudieran opacar el momento.
Aquellas noches pasaban de una felicidad incalculable en tus brazos, a las lágrimas más sinceras que solté al frente de alguien.
Hasta que reconocí, lo bueno. Pude ver que tenías la necesidad de cuidarme, de amarme, aunque tu manera fue las más dañinas que conocí en mi corta vida. Sostuve la mirada al techo de mi habitación recordando cuando mirabas hacía mis ojos y me preguntabas ¿Qué te pasa?.
Pude ver algo bueno en tanta oscuridad. Pude ver una luz, que hiciera que no te odiara tanto, al mismo tiempo que te amara demasiado.
Hasta llegar al fin a mi premisa.
“Domingos”
Mis domingos. No niego que suelen ser lo más crueles de la existencia humana.
Son sinónimos de olvido, los domingos.
No niego que hay domingos desde que no estamos juntos que no me hayan dejado tirado en la cama sin ganas de nada.
Y días donde no logro pisar la tristeza y es allí donde me siento fuerte.
Mis domingos pasaron a ser enteramente tuyos un tiempo.
A pasar a ser el día que debo llenar con alguien más. Que vendrá mas adelante quizás. No estoy apresurado a ello aún.
Pero pude sacarme la venda para ver tu valor en mi vida y ponerte en donde mereces.
En cortos lapsos de momentos del día donde te nombro y te recuerdo. Esta vez sin tristeza.
Saque esta venda maldita, para lograr calcular cuánto daño me has hecho.
Y calcular también que no marcaste demasiado en mi libro abierto, que es la vida.
Que simplemente fuiste, lo que tuviste que ser.
Comentarios
Publicar un comentario