El día estaba tenue y cálido en la ciudad.
Mi vestimenta habitual, como una rutina saludable de querer escapar y moldear algo que esta quebrado.
La salida al mundo y los rayos ultravioleta pegando en mi rostro.
Y la clara angustia de un simple papel que nos rebobino al pasado.
Es inevitable escapar de el, sin que un detonante nos lleve hasta el momento del auge de la tormenta.
Un par de fotografías viejas y porta retratos rotos de lo que no pudo de ser.
Un plan de divorcio. Un sello final a lo que nunca más volverá ser.
Puedo notar en sus arrugas, como un simple papel agoto sus esperanzas.
Y como una juventud, se ve arruinada a cada paso que da, en esta lucha constante.
Quizá en camino al correo de la ciudad, caía la estantería, la retaguardia de haber escapado de aquel embrollo.
Pero mi dolor, mi dolor, era inexplicable.
Y nuevamente lo tape con la mirada en alta, con las piernas firmes en mi camino.
Aunque algo en mi se había roto, rebobinado en aquel plan de divorcio que tanto lastimó.
Como si todo volvió a prenderse.
Como si las llamas del escape fugaz de nuestro pasado, golpeo a nuestra puerta.
Y con una firma y dos palabras, el fin había llegado.
No podríamos imaginar una vida sin nosotros, pero ya no existe un nosotros.
Somos pedacitos esparcidos por el mundo, tratando de llevar a cabo nuestra hazaña en el mundo.
Cada día, me convenzo de esta soledad.
Cada día, no duele, y todo en mi se enfría.
Estoy seguro, que no queda nada y los encuentros de ahora en más.
Se darán en eventos festivos.
No cuando nuestros corazones se extrañen.
Así son los planes de divorcio.
Matan con toda la vida que hay alrededor.
Por el egoísmo del amor.
Por desidia de la crueldad de no pensar en los otros.
Y todo aquí acabo, en este plan triste de divorcio.
Mi vestimenta habitual, como una rutina saludable de querer escapar y moldear algo que esta quebrado.
La salida al mundo y los rayos ultravioleta pegando en mi rostro.
Y la clara angustia de un simple papel que nos rebobino al pasado.
Es inevitable escapar de el, sin que un detonante nos lleve hasta el momento del auge de la tormenta.
Un par de fotografías viejas y porta retratos rotos de lo que no pudo de ser.
Un plan de divorcio. Un sello final a lo que nunca más volverá ser.
Puedo notar en sus arrugas, como un simple papel agoto sus esperanzas.
Y como una juventud, se ve arruinada a cada paso que da, en esta lucha constante.
Quizá en camino al correo de la ciudad, caía la estantería, la retaguardia de haber escapado de aquel embrollo.
Pero mi dolor, mi dolor, era inexplicable.
Y nuevamente lo tape con la mirada en alta, con las piernas firmes en mi camino.
Aunque algo en mi se había roto, rebobinado en aquel plan de divorcio que tanto lastimó.
Como si todo volvió a prenderse.
Como si las llamas del escape fugaz de nuestro pasado, golpeo a nuestra puerta.
Y con una firma y dos palabras, el fin había llegado.
No podríamos imaginar una vida sin nosotros, pero ya no existe un nosotros.
Somos pedacitos esparcidos por el mundo, tratando de llevar a cabo nuestra hazaña en el mundo.
Cada día, me convenzo de esta soledad.
Cada día, no duele, y todo en mi se enfría.
Estoy seguro, que no queda nada y los encuentros de ahora en más.
Se darán en eventos festivos.
No cuando nuestros corazones se extrañen.
Así son los planes de divorcio.
Matan con toda la vida que hay alrededor.
Por el egoísmo del amor.
Por desidia de la crueldad de no pensar en los otros.
Y todo aquí acabo, en este plan triste de divorcio.
Comentarios
Publicar un comentario