Los días se fueron acumulando como cartas de fallecidos. Solo quedaban los recuerdos de aquellas noches en la vereda, un domingo nublado riéndonos, divagando por el mundo del futuro sin tener certezas de aquello que vendría. Aparecieron escenas de una novela donde los imposibles desafían a la crueldad del destino.
Entre viajes, viento, hojas, enardecido calor y flores de colores, habían transcurrido siete años. Dentro de sus párpados había una firme esperanza que algún acontecimiento de aquellos que no poseen explicaciones iba a unir sus caminos. En la paciencia de amores, en la algarabía de noches de pasiones, habían escrito promesas en un papel de poder estar juntos en algún día, porque adentro de cada ser existe una esencia que hace volver aquellos destinados a estar juntos. En ciencia cierta nunca supieron si volverían a verse. Así, vinieron hijos con otras personas, cumpleaños, casamientos, nietos, la vida perfecta que querían tener, ya habían realizado un largo camino. Pero separados. Ya no eran 7 años, fueron décadas del olvido.Amando a quienes no aman, sonriendo, sin reír juntos, fingiendo para no caerse. Mesiendo sus sillas con las manos quebradas, las lágrimas cubiertas de ojeras, mirando el televisor en casas antiguas y silenciosas, recordando aquel amor de tantos años que nunca fue. Con la nostalgia, en la espera de una muerte inminente, sosteniendo sus manos en la lejanía de encontrarse en otro mundo, solos, pero al fin juntos.
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